A las 10:28 am del 11 de septiembre de 2001, el mundo en su totalidad fue testigo de uno de los actos de terrorismo más atroces que resultan de las disputas entre pueblos y religiones en el que perdieron la vida un poco más de dos mil setecientas personas. Este hecho, el cual ha trascendido como “el ataque contra las torres gemelas”, ha generado a lo largo de la historia un sinnúmero de reportajes, documentales, películas, canciones, frases que se convirtieron en tendencia como «Never Forget» (Nunca olvides), e incluso fue declarado como Día de la Conmemoración de los Caídos en el cual se honra a quienes fallecieron sirviendo en las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Lo cierto es que a casi veinte años de esos terribles acontecimientos aún para detractores como partidarios, izquierdistas o derechistas, americanos o musulmanes, siguen en sus mentes como un hecho relevante, y resulta de visita obligatoria para los que pisen suelo newyorkino el National September 11 Memorial & Museum at the World Trade Center (Monumento Nacional y Museo al 11-S) erigido en el mismo sitio donde cayeron las torres como recordatorio a las víctimas de aquel día y en el atentado del World Trade Center de 1993.
El Museo al 11-S contiene un sinnúmero de piezas y objetos rescatados entre los escombros de aquel desastre, los cuales producen en el espectador una percepción de la magnitud de los hechos. Lo mismo podemos encontrarnos con el volante de un automóvil BMW que quedó sepultado bajo los escombros, como con uno de los 99 motores que operaban los potentes elevadores del World Trade Center; teléfonos celulares y localizadores fueron hallados también entre los escombros de las Torres Gemelas y la lista parece interminable si nos ponemos a mencionar objetos personales carbonizados y hasta un camión de bomberos cuya parte trasera quedó totalmente aplastada.
En todos los casos, el lugar que sirvió de operaciones y sede a negocios multimillonarios, pasó a convertirse en un “Museo” como fundación sin fines de lucro para obtener fondos, y operar el monumento y el museo, nada comparable con su predecesor.

Estas líneas apuntadas anteriormente me llevaron a una historia de la Biblia (2ª Crónicas 34-35) en la que, de igual forma, enemigos del pueblo de Israel destruyeron su principal sede de la religión, conocida como “El templo de Salomón” hasta reducirlo a escombros. Durante décadas estuvo en estas condiciones, no parecía ser objeto de preocupación a los reyes que tras generaciones tomaban el poder, quienes velaban más por sus riquezas personales que por restablecer la comunión con Dios, fue por ello que todos perecieron sin relevancia alguna en sus hechos, convirtiéndose estos escombros en objeto de “Museo” para todos los transeúntes y a quienes me los imagino señalando hacia las ruinas y en tono de burla decir -¡ahí yace el Dios de los hebreos!-
Pero la historia tomó otro rumbo, cuando un niño de apenas ocho años llamado Josías decidió ser diferente a su ascendencia y llevó a cabo un conjunto de reformas que tenían como fin restablecer la relación de su pueblo con el único Dios.
Dicho esto, Josías destruyó todo lo que sonara a adoración pagana, hechicería, idolatría en todo el territorio de Israel y una vez que acabó esta ardua tarea, regresó a Jerusalén a concluir con lo más esencial: “reconstruir el templo”; así que de forma cuidadosa encomendó esta importante tarea a un grupo selecto de hombres fieles, quienes procedieron de acuerdo a su elección.
De pronto, un alboroto se presenció entre los trabajadores contratados para remover los grandes bloques de piedra, era el hallazgo de un libro poco común, rápidamente uno de los supervisores corrió al lugar quien al ver de lo que se trataba no dudó en ir a darle la noticia al rey; él sabía que las instrucciones de su líder fueron precisas al decir que lo mantuvieran al tanto de cualquier objeto que encontraran, así que esta no sería la excepción. Este tipo de acontecimiento no precisaba de una cita marcada en la agenda del monarca, así que los guardias sin vacilar le dieron acceso directo ante la sala del trono, -¡Señor, en cumplimiento de su mandato vengo a mostrarle otro objeto hallado entre los escombros del templo!- -¿Se trata de otro utensilio de oro o plata?- interrumpe el rey al supervisor en su exposición -¡No señor, se trata de un libro!- -¡Un libro!- exclama el soberano mientras se levanta de su trono de forma estrepitosa -¡Sí señor, el libro de la ley, la palabra dada de boca del mismo Dios a nuestros padres, ha sido hallada!- Daba temor ver el aspecto del rey, quedó prácticamente petrificado con aquella noticia, así que ante su orden aquel comenzó a leer lo que contenía este libro, desde el principio hasta el fin, sin faltar una sola palabra. La conclusión de esta lectura fue peor que su comienzo, pues el rey irrumpió en llanto y de un golpe rasgó sus vestidos y el suelo se convirtió en su lecho.
Las palabras de este libro le revelaron al rey cuán distante estaba el pueblo de Dios, le hizo entender que realmente el libro no se encontraba entre escombros, sino el corazón de todo un país y esto era peor.
Los ojos de este líder fueron abiertos y su proceder fue correcto, pues lo secundó un arrepentimiento genuino el cual conllevó a que la misericordia de Dios se manifestara sobre aquella generación, librándolos de una secuencia de infortunios producto de haber olvidado su palabra. Todo fue restablecido en el reinado del rey Josías y el favor de Dios alcanzó a Israel.
Ahora bien, puede que tu vida haya sido un hermoso templo, un perfecto World Trade Center, sede de numerosos talentos y promesas de la boca del mismo Dios, un verdadero esplendor, todos los que miraban esa obra se maravillaban; pero… un día llegó el atentado a tu corazón, poco a poco colocaste material explosivo en tus cimientos así que, de tu propia culpabilidad, la ruina tocó a tu puerta y redujo todo lo precioso a “escombros”. Por mucho tiempo, has tratado de luchar y construir lo que antes era magnífico en ti, no quieres que tu vida se vea como un “Museo” tú bien sabes que ese no es tu final, no es el de ser objeto de “visitas” ni de gente que diga: “ahí yacen las promesas de Dios” ¡no!, pero cada esfuerzo, aunque necesario, resulta en vano para reestablecer tu relación con papá. Has intentado levantarte una y otra vez, pero una y otra vez has caído, has pensado que con destrozar los ídolos sería suficiente y ante el fracaso te sigues hundiendo en la decepción. Tal vez son cosas necesarias en las que estás tratando de apoyarte para levantarte, pero no son suficientes ni relevantes para la transformación que precisas. Hay algo que aún no te he contado; si googleas esto: “cruz del world trade center” encontrarás que en medio de las toneladas de escombros de las torres gemelas hallaron una cruz formada por un par de vigas transversales con las proporciones exactas de esta figura; fuera de todo escepticismo si piensas que no queda nada de tu vida más que escombros, deseo con todas las fuerzas de mi corazón que tengas bien claro que aún queda Cristo y si Él queda, queda todo; queda incluso la posibilidad de volver a construir, soñar; queda aún una promesa, que te hará levantar. Ahora tienes un cartel fuera de tu edificio en reconstrucción escrito con letras teñidas en sangre y dice algo como esto: “yo sé los pensamientos que tengo acerca de ti, pensamientos de paz y no de mal, para darte el fin que esperas” (Jeremías 29:11)
Entre los escombros de tu vida hay promesas, talentos, cosas extraordinarias que sólo tú y Dios conocen, pero que no son partes de piezas museables, sino de una obra excelsa que el experto en reconstrucción y remodelación quiere hacer en ti.
Entre los escombros de mi vida encontré una promesa y es la que me ha levantado.
¿Y tú?



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