El Propósito

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En el corazón de un hombre nació una motivación, lo menos que podía imaginarse es que sería esa “motivación” la precursora de toda una serie de eventos e historias que a la postre ocuparían gran parte de la atención del libro más famoso del mundo.

En la mente de este hombre se gestó la idea de ir hacia la tierra de Canaán, tierra que Jehová daría por heredad a su pueblo de Israel. Sin más rodeos, ¿quién era este hombre? Tal vez pienses como yo al inicio…Pues obvio que Abraham, ¡quién sino el padre de la fe, que lo dejó todo por salir al lugar que había de recibir como herencia, sin saber siquiera a dónde iba!!! (Heb. 11: 8). Pues permítame hacerle una corrección: no es Abraham; pero si jugamos a “frío o caliente”, le puedo decir que casi se quema, pues el protagonista de esta historia es el abuelo de la fe, o sea Taré el padre de Abraham.

Sí, puedo casi estar escuchando tus dudas, ¿En qué parte de la Biblia Dios le hizo referencia a este hombre de la Tierra Prometida? o tal vez…¡¡¡Eyyy!!! ¡Te pillé, recién acabé de buscar por el súper buscador de mi Biblia digital y en ningún lugar aparece que Taré haya siquiera llegado a Canaán!!!, permíteme decirte algo…tienes toda la razón, hasta me atrevo a decirte más, si tuviera a Taré delante de mí posiblemente él mismo alcanzara a tener más duda de las que has podido formularte en tan solo 5 segundos.

Mejor tratemos de desenredar esto juntos, si tienes una Biblia a mano busca Génesis 11:31(a), en estas pocas líneas hay más de historia de lo que podamos imaginarnos, pero como quiero ir al grano, mejor prescindimos de detalles que puedan desplazar tu atención de esta breve historia. ¿Te diste cuenta? Pues exacto: “…y salió (Taré) con ellos (su familia) de Ur de los caldeos (Mesopotamia), para ir a la tierra de Canaán…” Algunos historiadores refieren que por esa fecha Mesopotamia (Ur de los caldeos) fue objeto de saqueos, motivo por el cual Taré tuvo que abandonar su tierra, otros creen que fue debido a las grandes posesiones que tenía mi protagonista principalmente de ganado, lo cual lo obligó a aventurarse hacia nuevos pastos; sea cual fuere la causa un buen día dijo:

-“¡Hijo, Nuera y Nieto...nos mudamos!”

Su nieto Lot el más travieso y preguntón apenas terminó la frase, inquirió a su abuelo:

-¿A dónde?- A lo que él respondió bien decidido 
-¡Nos vamos a Canaán!- Casi todos desfallecieron, 
-¿¡¡¡Canaán!!!?- Dijeron al unísono, 

esta vez su hijo Abram tuvo que llamarlo aparte,

-¡Papá, Canaán está a más de 3000 kilómetros!-
Su contra respuesta fue aún más firme, -¡Dije Canaán, y hacia Canaán vamos, y punto!-

Así las cosas, cada cual al día siguiente antes de que despuntara el Alba desmontó su tienda y se adentraron en la aventura de los nómadas, con un rumbo cierto pero inseguros de su futuro en tierra extraña, lo único que les daba confianza era esa “seguridad aparente de papá”, porque en sus ojos se veía una firme decisión y convicción de lo que estaba haciendo, además todos sabían que papá nunca les decía nada en vano y esta vez no sería la excepción.

Cuando apenas habían recorrido la mitad del camino, Taré ya no caminaba con las mismas fuerzas del inicio del viaje, en más de una ocasión debían hacer pausas muy prolongadas porque sin motivo alguno se desplomaba y perdía el conocimiento, ya esa situación preocupaba grandemente al resto de la familia. Todos se movían porque papá los guiaba, nada más de pensar que papá no llegaría con ellos al destino final les arrebataba el sueño. La salud de Taré fue cada vez más compleja, a veces deliraba producto de fiebres elevadas, y añadido a las temperaturas de casi 50 grados en el desierto, tornaba el escenario en una situación lamentablemente incontrolable. Era hora de que su hijo Abram tomara riendas en el asunto, así que decidieron montar nuevamente sus tiendas a mitad de camino, en la tierra de Harán a 1500 kilómetros antes de llegar a Canaán. El único hijo que quedaba a su lado acomoda a su padre en su lecho, Sarai toma fuertemente la mano de su esposo tratando de contener las lágrimas, el nieto revoltoso sabía que algo no estaba bien por más que los mayores querían disimular, se acerca a su tío Abram y le pregunta:

-¿tío…qué pasa?-

Abram permanece en silencio, sólo se escuchaba su voz cuando le pedía a su padre que tratara de permanecer tranquilo;

-¡Hijo!- Intentaba otra vez hablar el viejito terco de Taré -¡Hijo! ¡Canaán!, ¡Hijo! ¡Canaán!-, 

lo repetía una y otra vez como si fuera su último hálito, con sus manos puestas encima de las de la pareja y su mirada perdida hacia el techo de la tienda,

-¡Sí papá!- dice Abram nuevamente para ver si con ello logra calmar a mi protagonista, pero él insistía 
-¡Canaán, Canaán!-

y luego de decirlo por enésima vez, sus manos caen y sus ojos se cierran pronunciando como si ello le devolviera la vida:

-¡Canaán!-

Después de los trámites fúnebres y vueltos a casa los tres miembros de la familia, sentados a la mesa a la hora de la cena Abram les comunica su decisión de quedarse en esa tierra,

-¿Y Canaán?- pregunta su esposa Sarai, a lo que el nuevo padre de familia responde,
-¡¿Acaso no lo ves?! ¡Aún resta mucho camino por delante y no me atrevo a poner en riesgo tu vida ni la de mi sobrino! Permaneceremos en Harán hasta que el destino así lo quiera- 
-¿Y qué de las últimas palabras de tu padre?- Lanza una última pregunta a su esposo tratando de ver si era el dolor de haber enterrado a su progenitor en esa tierra lo que lo había ligado a ella,
-¡Esposa mía!- Le responde con dulce voz, -Mi padre ya deliraba, además ya aquí tenemos lo necesario y dada tu esterilidad mi sobrino será nuestro hijo, esta es nuestra familia ahora-

Todo se convirtió en una rutina en aquella tierra extranjera, y sinceramente no sé cuánto tiempo pasó, ¡bueno! en mi Biblia solamente pasó un versículo y al siguiente el padre de la promesa se levantó de un solo golpe de su cama,

-¡Sarai, Sarai, despierta, despierta!- 
-¿Qué sucede? ¡Aún no ha amanecido!, -
- ¡Dios me habló Sarai! - 
-¿Quién?- 
-¡Dios, y me dijo que debíamos desmontar nuestras tiendas y partir, rumbo hacia donde mi padre quiso ir!- 
-¡¿A Canaán?!- preguntó aún más asombrada la joven esposa
 -Sí, y me dijo más; me dijo que haría de mí una nación grande y me bendecirá en ella y engrandecerá mi nombre y seré de bendición! -
Sarai permaneció atónita, casi se le veían los pensamientos, : -"Este viejito mío se pasó de copa ayer con sus amigos jugando al Sumerio" - pensaba; 

pero la obediencia era algo que le caracterizaba, esta vez sin formular pregunta alguna obedeció sin más y a tierra de Canaán llegaron, sitio donde volvió a revelársele Jehová a Abram, y donde por primera vez este último le adoró.

Y allí estaban sentaditos como dos tortolitos mirando la hermosa puesta de sol del oriente, muchos años después de haber arribado a aquel destino, era ahora su nombre Abraham de 101 años y su esposa Sara de 91 años, con su hijo Isaac en sus brazos, sonriendo como par de pícaros y recordando entre lágrimas de alegría y añoranza las últimas palabras de su padre, quien si bien ahora se encontraba a 1500 kilómetros de distancia, sabían bien que fue su motivación la que comenzó el largo viaje que al final su hijo y padre de la promesa y de generaciones, pueblos, naciones y lenguas lograría concretar.

Ahora bien, voy a preguntarte a ti Taré, sí a ti mismo, tal vez no tienes este nombre en tu DNI pero sí, lo llevas en tu pecho, una motivación, un deseo que no sabes si valdrá la pena pero sientes que algo más fuerte que tú te convoca, has tenido que abandonar tu lugar de confort, donde supuestamente lo tenías todo para tener que ir ahora a una tierra desconocida, pero a mitad de camino te has estancado, ten en cuenta algo, no todos recibieron lo prometido, sino que mirándolo de lejos, y creyéndolo, y saludándolo, confesaron al final  que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra, porque sus esperanzas no estaban en este globo terráqueo, sino en la Canaán celestial; mientras hacia esa tierra dirijas tu mirada tal vez no veas lo que quieres alcanzar pero ten por cierto algo, le indicarás el camino a tu hijo, a tu discípulo, a todos aquellos que piensan que es una locura, y ese será tu propósito supremo, el mío, el de todos los Nacidos de Nuevo, convocar a todos los que podamos al decirle ¡Canaán, Canaán!; de la boca de otro Taré se oyó también esta frase repetida, pero traducida al español decía lo siguiente: “¡Tengo que llevar uno más a Jesús!, ¡Tengo que llevar uno más a Jesús!”

Nuestro propósito, nació de esa motivación generada por el Espíritu Santo en nuestros corazones luego de haber sido llamados para poder gritar ¡Miren a Cristo! ¡Canaán! e indicarles el mismo destino que nos produjo movernos; porque al final, cerraremos nuestros ojos a la mitad del camino, la otra mitad, o a decir de mi protagonista, los otros 1500 kilómetros que nos separan de la tierra prometida serán recorridos en un ascenso hacia la patria celestial en sólo un pestañar, esa es nuestra promesa la cual alcanzaremos si no desmayamos (2 Cor. 4:16-18).


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