Millones de personas cruzan a diario este puente. Algunas se encuentran, sin saber que se dirigen al mismo sitio, otras en cambio, pasan imperceptibles por nuestro lado. Algunas se quedan y otras las perdemos en el camino, para no verlas nunca más, mientras, seguimos avanzando.
Así pasa el tiempo, y a veces, olvidamos que esto es solo temporal, que no estamos allí para quedarnos, porque no se construyen casas en los puentes, que todo pasará, que igual llegaremos al otro lado porque los puentes son así, confusos, pero necesarios.
La vida es también como ese puente, un camino que conecta el origen y el final, es ese trayecto que ya sea más rápido o más lento nos lleva de vuelta al Creador, pues todos vamos camino a rendir cuentas al Trono de Dios. Ahora bien ¿qué se siente saber que Dios te espera del otro lado? ¿Qué se siente saber que más tarde o más temprano veremos a Dios?
A lo mejor no te has dado cuenta, pero los seres humanos solemos ser criaturas muy caprichosas. Tanto así, que nos quedamos con la envoltura y despreciamos el regalo. Es algo que nos pasa muy seguido y es por ello que nos entretenemos tanto con el puente que olvidamos a dónde nos lleva.
Sin embargo, esta pandemia ha servido para demostrarnos que estamos de paso, que “no puede el mundo ser mi hogar” y que tampoco me angustia la idea de Dios esperando del otro lado del puente.
El mayor y más grande privilegio de cada cristiano será ver a Cristo cara a cara al final de todo, ese, es el anhelo que debemos tener, no TEMER porque “En esto se ha perfeccionado el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio … porque el perfecto amor echa fuera el temor porque el temor lleva en sí castigo” (1 Juan 4:17-18).
El mayor y más grande privilegio de cada cristiano será ver a Cristo cara a cara al final de todo, ese, es el anhelo que debemos tener, no TEMER
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Por ello si aún no conoces a Dios y su amor, está sobre ti el castigo por todo lo que haces, dices o piensas incorrectamente y lo único que lo puede cambiar esto es que hagas a Jesús el Salvador y Señor de tu vida, creyendo y viviendo para Él.
Luego de esta decisión, todo lo que sigue es caminar seguros y confiados de que, ya sea más rápido o más lento, este puente nos lleva de vuelta al Creador; que todo pasará, que igual llegaremos al otro lado y que al final, todos vamos camino a rendir cuentas a Dios.
Visto así me gusta como describe el momento uno de mis autores favoritos:
Usted también, pronto estará en casa. Tal vez no lo haya notado, pero está más cerca de casa de lo que jamás haya estado. Cada momento es un paso dado. Cada aliento es una página que se da vuelta. Cada día es un kilómetro registrado, una montaña escalada. Usted está más cerca de casa de lo que jamás haya estado.
Cuando quiera darse cuenta, será la hora programada de llegada; descenderá por la rampa y entrará a la Ciudad. Verá los rostros que lo están esperando. Escuchará su nombre pronunciado por aquellos que lo aman. Y, hasta es posible, sólo posible que—en el fondo, detrás de las multitudes—Aquel que preferiría morir antes que vivir sin usted levante sus manos traspasadas de entre los dobleces de su túnica celestial y… aplauda.
Así como Max Lucado, me gustaría creer que más allá del Sol, al cruzar el puente de la vida Dios está vitoreándonos por acabar la carrera y no dejar de creer en el proceso, que cuando lleguemos, habrá valido el esfuerzo, cada lágrima y cada renuncia porque entonces, al fin, habré llegado a mi destino, estaré de vuelta a casa.


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