Ese frío entrecortado que llega a tu garganta no es normal. Lo has sentido otras veces. Lo conoces. Sabes bien qué es y por qué llega. Es la duda, esa que se cuela en tus oraciones, que apaga tu fe y produce ansiedad.
Ahora el frío recorre tu espalda. Baja a tus piernas. Te sacude. La duda se adueña.
-¿Qué hago? – te preguntas inútilmente, pues sabes bien que la duda no te dejará hacer nada. Te ha paralizado. Empiezas a desesperarte y piensas en rendirte, cuando de repente, una voz te levanta, te mece en brazos y te arrulla en el tormento de tus pensamientos. Es la voz de Papá.
Él, te recuerda Sus promesas, Él te entiende, no te juzga ni te avergüenza. Papá disipa tus dudas y trae la calma.
¿Pero cuánto tiempo dura el sosiego? ¿Cuánto tiempo pasa hasta que vuelves a sentirte invadido por la desesperanza?
Mi novio siempre me dice que soy un torbellino de pensamientos, un perfecto caos en orden, y todo, porque me cuesta confiar, soltar las riendas y esperar, y esta escena del principio es solo la breve representación de un círculo vicioso que es difícil romper.
Primero: la duda, luego la ansiedad, el quebranto, la calma, y finalmente, el remordimiento por haber dudado de Dios, de Sus promesas, Su Poder o Su Palabra.
Empiezo entonces a batallar con el flagelo de haber desconfiado del Señor en el momento más duro, y me voy sintiendo cada vez, menos digna.
Todo esto se repite una y otra vez y te aseguro, no hay un solo episodio que no me cuestione: ¿Cómo puede Dios amarme si yo dudo de Él? ¿Qué siente Dios cada vez que me ve desconfiar de Su Plan?
Hace poco, en uno de esos días de tormento y caos, el Señor me recordó a Tomás, el discípulo que dudó, el que después de haberse manifestado Jesús a sus hermanos, dijo:
– Si no veo en sus manos (hablando de Jesús) la señal de los clavos, y meto el dedo en el lugar de los clavos, y pongo la mano en su costado, no creeré.
Juan 20:24 LBLA
En ese instante, Jesús usó a Tomás para mostrarme que todos tenemos días de poca fe, que vale más ser sinceros a fingir algo que no creemos y que ante la duda, Jesús no nos castiga, no nos aleja, no nos ultraja. Todo lo contrario:
Ocho días después, sus discípulos estaban otra vez dentro, y Tomás con ellos. Y estando las puestas cerradas, Jesús vino* y se puso en medio de ellos, y dijo: Paz a vosotros. Luego dijo* a Tomás: Acerca aquí tu dedo, y mira mis manos; extiende aquí tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente
Juan 20: 26-27 LBLA
La reacción de Jesús a Tomás es la misma reacción que tiene contigo y conmigo hoy. Imagino la siguiente escena:
(Jesús) : Acércate, extiende tus manos, toca mis heridas y también mi costado, mira las huellas que han dejado el Amor por ti. Mira lo que estuve dispuesto a hacer ¡Deja la duda y cree!
(Yo ) : Pero Señor ¿ qué hago si vuelvo a dudar, cuándo termine el sosiego? ¿Señor, qué hacemos con Tomás?
(Jesús): Hijo, la respuesta no está en lo que puedas hacer tú , sino en lo que ya fue hecho. No se trata de ti, sino de mi. No son tus fuerzas, es mi Poder. No te enfoques en Tomás. Mírame a mí.
Ahora, haz tuya esta sentencia: NO TE PREOCUPES CON TOMÁS , OCÚPATE EN JESÚS.
En ese instante, Jesús usó a Tomás para mostrarme que todos tenemos días de poca fe, que vale más ser sinceros a fingir algo que no creemos y que ante la duda, Jesús no nos castiga, no nos aleja, no nos ultraja. Todo lo contrario.
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