Pocos y malos

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Aún recuerdo mi etapa de adolescencia con no poca nostalgia; esos tiempos en que las mutaciones hormonales, sentimentales, físicas y emocionales aparecen cual estaciones provocando un descontrol total del panorama. Había momentos que me sentí lo suficientemente capaz como para salvar al mundo de cualquier crisis y en sólo cuestiones de minutos podía derrumbarme al punto de creer que ni yo mismo tenía arreglo. Fue una etapa en la cual no estuvo ausente las crisis de autoestima o problemas personales que en muchas ocasiones dibujaron en mi rostro un aspecto para nada agradable, lo cual por más que hubiese querido no pude disimular, al contrario, a pesar de mi arrojo era interceptado por amigos y hermanos de la fe que con el fin de entender lo que me sucedía no escatimaban esfuerzo en desnudar mi mente y a quienes sinceramente les agradezco sus consejos; no obstante existían pocos que ante tal escenario me dirigían frases como: “¡el cristiano no puede estar triste!!, ¡gózate!!! ¡somos vencedores!!! ¿dónde se ha visto? …levanta la cabeza que eso es bobería!!, y frases semejantes”, lo cual ante mis estaciones de emociones me hacían sentir “poco espiritual”.

Ahora no recuerdo los contextos que eran motivo de mi afrenta, puede que tal vez fueran un par de espinillas más en mi nariz, o tres pelos rebeldes que se asomaban en una barbilla desproporcionadamente larga, o tal vez las ideas de un amor a lo melodramático por una muchacha para quien remotamente existía, o miles de millones de pensamientos sobre la razón de mi existencia que al final representaban “problemas” para mí. ¿Pero; dime de ti? Si no has tenido que atravesar por estos tipos de comentarios, pues permítame darle la buena noticia que ha llegado usted al final de su lectura; pero, si al igual que yo, ha atravesado por situaciones tal vez de otra índole y en las que no han estado ausentes las críticas o insultos le recomiendo que preste atención a lo que sucedió en una de mis historias favoritas de la Biblia.

Ahí se encontraba Jacob, sentado a la mesa de la cocina, preparando las especias y agrupándolas de “a poquito” y por clases, muy concentrado en ello como de costumbre, ensimismado con un pensamiento que por toda la noche no la había dejado conciliar el sueño, mientras su madre Rebeca atendía el sopón que tenía montado a fuego lento; su padre Isaac, un tanto avanzado en edad y con una debilidad visual cada vez más compleja, esperaba en el portal de la casa con la mirada puesta hacia el campo el retorno de su hijo mayor predilecto quien había salido hacía ya 3 horas para cazar algún animal a petición de su progenitor para hacer más apetitoso el menú de la noche. De repente, por la puerta trasera se escuchó un estruendo, todos dieron un salto del susto excepto el padre de familia pues estaba muy lejos como para enterarse, era Esaú que había regresado desfallecido de hambre, y mientras suplicaba a su hermano algo de alimento, a este último se le ocurre una idea maléfica:

-solamente te daré tu parte de comida si accedes a venderme la bendición que papá debe darte hoy a ti- a lo que el primogénito sin vacilar dio su consentimiento e inmediatamente después de comer se desplomó del sueño.

 – ¡Al fin mamá! ¡Al fin!, ¡lo conseguí!, ¡tendré la bendición de papá!, toda la madrugada pensando en cómo obtenerla y mira que fácil, – daba gritos de alegría el cocinerito

– ¡pssssss! Habla bajo que tu padre te puede escuchar- con la mano puesta en la boca de su hijo le reclama con señas Rebeca,

-Ahora mamá, ¿cómo hago para hacerme pasar por mi hermano?,-

su madre, que para todo tenía una solución buscó rápidamente las ropas de Esaú y disfrazó a su hijo consentido, quien luego de engaños obtuvo lo deseado de boca de Isaac, él sabía lo que representaba la “bendición del primogénito” y era el motivo por el cual sus relaciones con su hermano no eran las mejores desde que estaban en la matriz, añadido al favoritismo que su padre tenía por el mayor y que hacían sentir a su vez un tanto inferior a Jacob. Cuando finalmente Esaú despierta del sueño y dado por enterado de lo que su hermano había obtenido, lanzó al aire no pocas amenazas de muerte a este último, ante lo cual Rebeca con el alma desgarrada y con el firme propósito de evitar una desgracia en la familia, despide a su hijito y lo manda a una provincia bien lejana.

Y así salió de casa este joven, con millones de inseguridades en su mente, él no sabría defenderse de ladrones que se le aparecieran en el camino, no conocía técnicas de supervivencia, no era tampoco muy ágil como para huir de algún animal feroz, todas esas cualidades eran propias de su hermano mayor, mientras meditaba en ello buscó una piedra y la puso a su cabecera dando lugar al sueño más asombroso de su vida, es entonces cuando conoce al mejor amigo que lo acompañaría a lo largo de su pesadumbrosa existencia sobre la tierra, es entonces cuando las palabras dichas por su padre cobran sentido.

De esta forma con sus pasos firmes pero hacia lo desconocido enfrentó situaciones insólitas como tener que trabajar por la mujer que amaba por algo más de catorce años, sometido a engaños constantes por parte de su tío y suegro al mismo tiempo, atravesar por el intenso dolor de tener una hija de la cual abusaron sexualmente, presenciar los actos vandálicos de asesinatos cometidos en venganza por sus violentos hijos, enterrar a dos de sus nietos tras una muerte fulminante, ver a su primogénito acostarse con una de sus mujeres y consecuentemente ser difamado en todo su territorio por este acto de bajeza, soportar el dolor de la muerte de su amada esposa Raquel, atravesar una grande hambruna en su territorio, pero nada de lo anterior fue tan doloroso como dar por muerto a su hijo más amado José, supuestamente desgarrado por unas fieras del campo;

Que fatídica tragedia la de este hombre, la de este anciano que cojeaba de su cadera producto de una pelea; ahora estaba rodeado de sus hijos, (excepto claro está del que supuestamente está muerto) que recientemente regresaron de Egipto por alimentos; pero, -algo raro se les ve en la mirada a mis muchachos- pensaba Jacob un tanto intrigado; todos tenían la vista puesta en el suelo y nadie se atrevía a lanzar la primera palabra, poco común en ellos,

-¡vamos, qué sucede!- los desafía a ver quién rompía el silencio.

De una forma abrupta le cuentan toda la verdad; su hermano José no está muerto, ellos lo habían vendido hacía poco más de veinte años motivados por la envidia de ser el hijo preferido de papá, pero ahora nos convoca a Egipto en calidad de segundo hombre más poderoso en toda aquella región. La reacción de Jacob es perfectamente entendible, se entristeció pensando que era otra broma de mal gusto de sus hijos, pero al ver la insistencia que estos hacían y todas las guarniciones presentadas para llevar a su padre de regreso no dudó en buscar el consejo de su mejor amigo, el causante de esa cojera incesante, el que lo había preservado durante tantos años y quien finalmente como parte de su propósito divino le dice: “Yo iré contigo a Egipto y yo también te haré volver…”

No había más nada que hablar y a tierra de Egipto llegó toda la familia, y luego de una narrativa en la cual se pueden hasta escuchar los violines de fondo y hace que resulta imposible contener un par de lágrimas, José presenta a su padre ante el Faraón quien le lanza una simple pregunta a mi protagonista:

– ¿Cuántos años tienes? –  a lo que este último respondió: – Los días de los años de mi peregrinación son ciento treinta años; pocos y malos han sido los días de los años de mi vida…

Tal parece que no guarda relación la pregunta con la respuesta, pues si recapitulamos el contexto, cuando Jacob es presentado a Faraón, lo primero que hace es bendecirlo mostrándole de esta forma su confianza en un Dios invisible que Todo, …“lea bien”, que Todo lo puede; de esta forma lo que le correspondería acto seguido según la lógica de evangelismo de nuestros días sería contarle todas las maravillas y bendiciones que Él ha hecho en su vida, sería además declarar en todo momento las victorias obtenidas en el camino de la fe, sería andar proclamando por doquier que “todo me va bien” hasta el punto de ocultar detrás de un corazón roto la cruda realidad por la que atravesó pero que se encuentra con un disfraz a la medida que dibuja una sonrisa de oreja a oreja. No amigo, esa no fue para nuestra sorpresa la respuesta de Jacob…

“pocos y malos han sido mis años” dijo él, los míos igual, y si llegaste a esta parte de la lectura, los tuyos también, pero que lamentablemente cuando hemos querido exponerlos nos han tildado de “falta de fe, débiles, pocos espirituales”,

pero aún tengo algo más que contarte y es que este no es el fin de la historia, antes de retirarse Jacob de la presencia de Faraón volvió a bendecirlo, esto no podía quedarse así, Jacob, tu y yo sabemos que a pesar de que han sido “pocos y malos” nuestros días, hay alguien que nos prometió desde el principio que estaría a nuestro lado y siempre ha sido fiel a su palabra, mi protagonista cojeaba de su cadera como una evidencia palpable de que tuvo un encuentro con el Creador, nosotros tenemos un sello del Espíritu Santo en nuestras vidas que desde que fue puesto los demás ven que no “caminamos” de la misma forma que lo hace el estándar de la sociedad; sí han sido pocos y malos, no me avergüenzo de ello, pero hay algo que tengo firme: Dios nunca me ha dejado, lo prometió desde el principio y así ha sido.

Pocos y malos, no tengas temor de que conozcan tu historia, de que se revele aquello por lo que has pasado, que te afectó, que te marcó, en el mundo tenemos aflicciones, dicho de la boca del líder experimentado en sufrimiento, pero confiemos porque el mismo que lo dijo, ya venció al mundo y en él está nuestra confianza y esperanza.

Pocos y malos, pero con la plena seguridad de que estoy parado en el mejor lugar, en la roca inconmovible que se llama Cristo.

Y si te preguntan, ¿Cuántos años tienes?, ¿qué dirás?…


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