El Mendigo

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Siempre he dicho que  la vida es la  mejor escuela, en la que todos estamos matriculados y donde existen buenos y malos aprendices; solo basta con mirar alrededor para aprender una nueva lección de quien menos imaginamos; porque en esta escuela quien imparte la lección puede ser un niño, o un mendigo, o la persona que nunca aprendió a leer ni escribir pero tiene inteligencia no en la mente, sino en el corazón, que a mi entender es más valiosa.

En estos días de lluvia, de regreso a casa, tras una larga y agotadora jornada de trabajo, esperaba ansiosamente el transporte en una parada de ómnibus junto a pocas personas dispuestas a lo mismo, en sus rostros se reflejaban la fatiga habitual de la hora. Nadie conversaba porque no había fuerzas para ello, solo se escuchaba la plática de un señor ebrio y aspecto de mendigo, con una anciana menesterosa, de semblante denigrante y hedor en su ropa. Realmente no hacía caso a su diálogo, pero los gestos de las personas que se encontraban alrededor me daban una idea, unos se reían y otros solo decían en tono de molestia “no es fácil esto!!!”. Así que para pasar el tiempo me dediqué a escucharlos, el señor en su condición le decía a ella:

-No pienses que quienes tienen mucho dinero pueden decir que gozan de todo en la vida, porque cantantes famosos como …(citó dos cantantes los cuales no recuerdo), después de tenerlo todo dijeron en sus canciones que la vida es triste y se sienten solos, entonces… realmente no lo tenían todo!!!,

La anciana asentía con pocas palabras, las cuales no conseguí escuchar por su bajo tono de voz, el continuó diciéndole:

-Mírate como estás…

 En el momento me dio un poco de risa porque pensé: un ciego guiando a otro ciego, pero no me duró mucho por lo que dijo acto seguido:

-Tú a lo mejor no tienes nada aquí en la vida, pero si en el día de mañana tú te enfermas o te sucede algo yo te cuido, ¿sabes por qué? Porque eres un ser humano, y no importa lo que tengas o dejes de tener, eres un ser humano.

Esas cuatro palabras taladraron mi mente y me hicieron meditar mucho, pero cuando estaba dispuesto a seguir escuchándolo desde otra perspectiva, llegó como por arte de magia el transporte.

Todo el viaje fue meditando en esas cuatro palabras: eres un ser humano, y pensé: cuantas veces no me he burlado de la condición de esas personas, pero si pienso no con mi mente sino con el corazón, tal vez pueda entender que detrás de esas vidas de indigentes está: una familia a la cual destruyeron, un hijo al que abandonaron en su educación, amigos que lo traicionaron, la pérdida de alguien que fue muy importante para sus vidas, en fin, muchas historias inimaginables pero de las que no pudieron o supieron sobreponerse. A  veces los vemos en las esquinas, en los basureros o sentados en el olvido en compañía de un perro en los cuales encuentran refugio porque son los únicos a los que les pueden contar sus historias sin que le rechacen.

Ellos también son seres humanos, tal vez con un aroma, aspecto e intelecto diferente al de los demás, pero… su sangre es de nuestro mismo color.

“Ellos también son seres humanos”, esa fue mi lección del día de boca de un mendigo.


Justo hasta esta línea llegaba el artículo que hace poco más de dos años escribí, pero no podía terminar así, no cuando existe una oportunidad de poder darles la mano y no solamente hablar desde un plano motivacional, no podía dejar solamente la lección en el sólo hecho de que “ellos también son seres humanos” sin poder contarles que hace dos mil años había un hombre en iguales condiciones sentado a la puerta de un templo llamado “La Hermosa”, su trabajo consistía en pedir limosnas pues desde su nacimiento era lisiado. 

Como de costumbre, este mendigo pedía sin importar a quien, hombres, mujeres, nacionales, o extranjeros, su necesidad era sólo una: dinero para comer, su método uno sólo también: pidiendo.

Un día igual que los demás le pidió a un par de hombres algunas monedas, ambos se le quedaron mirando, y uno de ellos le dijo al desvalido:

-¡Míranos!

La mente de este menesteroso enseguida lo llevó a pensar que le darían una buena cantidad de monedas, pero para su sorpresa la realidad fue otra

-¡No tengo dinero! Dijo uno de los transeúntes

En apenas fracciones de milisegundos por la memoria del protagonista pasaron las viejas experiencias de haber sido juzgado por otros tantos que sin tener compasión le decían: ¡ya tenemos demasiados pordioseros en esta ciudad! ¡inválido, pero seguro que si caminara igual fuera mendigo! ¡que trabajo más sencillo el de pedir dinero, mejor dedícate a otra cosa, sucio! Así que pensó que este visitante vendría con el mismo discurso, pero como en todas las ocasiones, decidió callar.

-Pero tengo algo mejor que darte- prosiguió en su intervención el mismo que le había pedido que lo mirara -en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda-

Lo tomaron de la mano derecha y lo levantaron y al momento comenzó a caminar, a saltar y gritar: -Gracias Dios!!

No podía creerlo, y mucho menos los que le conocían desde pequeño, pero esa fue la realidad, el cojo, o mejor dicho, “el saltarín” no quería soltar a estos hombres, quienes no lo juzgaron igual que los demás, ni le dijeron con tono bajo y cara triste “lo siento no tengo dinero” mientras seguían su camino, no! ellos decidieron hacer algo diferente, algo fuera de lo normal y es lo que se necesita en estos días, gente fuera de lo normal.

Que no basten unas pocas monedas, de seguro ya tienen algunas y tal vez mejores que las tuyas, llévalos a conocer algo mucho mejor, muéstrales el amor que excede a todo conocimiento: el amor de Dios, y si haces esto nos habrás ayudado a que Habemus Amor cumpla uno de sus propósitos: ser una ayuda para los rotos, los débiles, los pobres y los agraviados; y en especial para los que cada día eligen amar.

Que no basten unas pocas monedas, de seguro ya tienen algunas y tal vez mejores que las tuyas, llévalos a conocer algo mucho mejor, muéstrales el amor que excede a todo conocimiento: el amor de Dios, y si haces esto habrás ayudado a que Habemus Amor cumpla parte de su propósito.


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