Fe para mi Fe

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“¿Qué pasa Dios?, No entiendo, ¿Por qué mi familia?, ¿Hasta cuándo?, Estoy cansado”, estas son solo una muestra insignificante de las tantas preguntas que a diario nos formulamos, las mayorías, por no decir que “todas” sin una respuesta, al menos así aparenta ser.

Cuando el silencio se convierte en nuestro aliado y el temor en consejero, llegamos a repensar muchas de las promesas de Dios.

En estos días las redes sociales están cargadas de mensajes de aversión contra Dios, atacando directamente cualidades como su amor, bondad, misericordia, y hasta su propia existencia.

En medio de todo el ruido, hay dos opciones: taparse los oídos mientras nos arrinconamos como niños asustados o de lo contrario gritar más fuerte.

Pero, ¿qué pasa si perdemos la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve? ¿Qué pasa si ya no tenemos certeza ni convicción? O ¿si no esperamos ni vemos? Pues la respuesta es muy sencilla, pero a la vez extremadamente grave: Hemos perdido la fe.

Antes de proseguir, creo necesario aclarar que la fe de la que hablo, la única fe aprobada por el Manual de los manuales es aquella que tiene como fundamento al Consumador de la fe, al único y sabio Dios.

Ahora bien, permítame sentarme al lado de usted, veo que hay un asiento reservado por una persona que se llama: odiodolorsufrimientomiedoysimilares, así al menos dice el letrero que ha dejado ahí. Aprovecho mientras esa persona ha ido a reservar otros puestos e intercambiaremos algunas palabras.

Amigo, hay un Dios que nunca cambia, en Él no hay mutaciones como las del virus Sars Cov-2, El es el mismo desde la eternidad y hasta la eternidad, si juntos logramos entender esto, entonces quedaría preguntarnos ¿siempre ha sido bueno o siempre ha sido malo?, muy bien! avanzamos al segundo punto respondiendo a esa pregunta, si siempre ha sido malo, si el Creador es un cruel y déspota tirano, que juega con los humanos tal cual el niño con las hormigas, y los mata, tortura y encierra a su propia voluntad, entonces todos, absolutamente todos y en todo momento vivimos en total control de esa fuerza superior sin posibilidad siquiera de expresar alegría, de lo contrario si siempre ha sido bueno no existe chance a que el dueño del asiento de al lado permanezca susurrándonos al oído.

A partir de aquí no es mi interés condicionar respuestas, sino solamente dejar por sentado algo, desde que nacemos estamos plantados en la posición de jueces, con la rabia de perder la razón, con la respuesta inminente a quien nos riposta, con la sentencia de muerte a quien nos alza la ceja, y desde ese estrado tenemos a Dios en el banquillo de acusados, mientras que nosotros hacemos las veces de jueces y víctimas.

No creo que haga falta aprender leyes para entender que tal juicio es un fraude, por ese propio motivo existe la llamada recusación para evitar un desbalance en la justicia a la hora de aplicarla, pero nosotros defendemos hasta con los dientes nuestra postura de jueces y víctimas.

Reconocer las veces que hemos errado, no se enmarca solamente en lo socialmente aceptable o no, sino que hay un plus condicionante que rompe con nuestro concepto de moral y realza lo malo de todos nosotros, al punto que nos sienta en el banquillo de acusados: ¿Aceptamos el sacrificio de Cristo? o dicho de otra forma: ¿Doy mi consentimiento en que soy malo desde que nací, y el único medio para obtener una defensa justa en el juicio es dejar que Jesús sea mi abogado?

La maldad de este mundo, mi amigo, no está en Dios, esa es una huida facilista a no admitir que se encuentra en el propio hombre.

La maldad de este mundo, mi amigo, no está en Dios, esa es una huida facilista a no admitir que se encuentra en el propio hombre.

Creo firmemente que cuando dejemos de buscar responsables y nos enfrasquemos en cambiar nosotros mismos eliminaremos la transmisión autóctona de esta pandemia llamada “maldad”

Me ha tocado bien de cerca los efectos secundarios de esa maldad, al punto que la persona del asiento de al lado también ha querido susurrarme, él siempre va a estar ahí, es su trabajo, hablar cuando cayo, cuando a mi fe le falta fe, y me susurra justo lo que me derrumba, lo que más temo, lo que me duele y desgarra.

Pero, cuando a mi fe le falta fe yo le digo a Dios, “ayuda mi incredulidad”, simplemente eso, no hay más fórmula que la sinceridad, basta con decirle: no creo más allá de lo que estoy viendo, pero sé que hay más porque te conozco.

Mientas tanto, no me resigno, sino confío en que Dios sigue siendo bueno, justo y misericordioso.

Dios sigue al control


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