De fobias y cosas extrañas

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¿Alguna vez has tenido una sensación de temor a las profundidades? Si ese ha sido el caso puede que estés cerca de ser un batofóbico; sí léalo con calma, no es miedo a las batas es una conjugación de las raíces griegas de bathys, bathos (profundidad) y phobos (miedo), más el sufijo -ia (cualidad); por lo cual el resultado que arroja sería un temor intenso a las profundidades.  Al igual que el resto de fobias, la batofobia es un trastorno de ansiedad en el que la persona experimenta un terror intenso a las profundidades o a aquellas situaciones en las que no puede ver la parte inferior de su cuerpo debido a la profundidad u oscuridad. Aquellos espacios o situaciones en las que la persona puede experimentar este temor pueden ser piscinas, el mar, fondo de un pozo, etc. Es decir, espacios que transmitan una sensación de profundidad. Es necesario especificar que el temor o miedo a los espacios profundos es completamente habitual, natural y cumple una función adaptativa. No obstante, en los casos en que los que la persona experimenta una ansiedad incapacitante, que no puede controlar y que no tiene una base racional; sí sería considerada como batofobia. (para saber más acceda a este artículo: Batofobia)

Hay historias interesantes en la Biblia en las que seguramente más de un personaje quedó traumado con la profundidad de algo; por sólo citar algunas cabe hablar de Pedro cuando en un acto de fe se lanzó a caminar sobre el mar, pero al ver sus impetuosas olas y el fuerte viento se comenzó a hundir, sino fuera por Jesús el pobre Pedrito no hubiera podido contarla; también Jonás, este fue arrojado al mar y tragado por un gran pez, así que tal vez de aquí se derivó más de una fobia; Pablo el apóstol tuvo que naufragar en mar abierto apoyado tal vez al estilo Titanic en una puerta pero suficiente como para que resistiera hasta llegar a tierra. José, el menor de doce hermanos, fue arrojado en un pozo sin agua y Jeremías el profeta en una cisterna con lodo, son eventos traumáticos que a cualquiera los puede Volver batofóbicos, pero no fue el caso de ninguno de ellos. Hay otra historia interesante y es la del profeta Ezequiel, este es guiado por otro hombre a que poco a poco se adentre en un río en el cual a medida que avanzaba se hacía más hondo. El hombre iba delante con un cordel midiendo la distancia, mientras que Ezequiel medía la profundidad, una especie de calculadora de profundidad de campo, pero humana. Lo cierto es que Ezequiel se adentraba cada 500 metros a una nueva profundidad, primero por los tobillos, luego por las rodillas, después por los hombros, ya a esta altura debía erguir un poco la cabeza para no tragar agua, hasta que finalmente tuvo que nadar; en esta travesía de aproximadamente 2 kilómetros el profeta avanzaba a donde le indicaba el guía, pero Ezequiel pese tal vez a la incertidumbre o temores aparentes de cuán profunda podía estar el agua no dudó en avanzar confiando en que su Dios no lo llevaría a un lugar al cual antes Él mismo no hubiera estado antes, haciendo honor al significado de su nombre Ezequiel (Dios es mi Fortaleza).

Existe otra fobia tal vez un poco asociada con esta experiencia de Ezequiel de adentrarse hacia algo desconocido, y es la llamada Neofobia (palabra derivada del griego néos (nuevo) y fobos (miedo) es el miedo o fobia incontrolable e injustificado conscientemente hacia cosas o experiencias nuevas. Para esta nueva escena cabe llamar a Moisés, cuando luego de sacar al pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y llegado a un punto del desierto tuvo una reunión con Jehová, a modo de definir cuáles serían los próximos pasos, haciendo una lectura rápida al libro de Éxodo capítulo 33, vs: 12, 13, el líder Moisés estaba aterrorizado e indeciso, sobre la próxima tarea, tal vez para esta nueva etapa pensaba en entregar el puesto, pero Dios lo sorprende con estas palabras: vs. 14 “Mi presencia irá contigo y te daré descanso”, Moisés estaba inseguro sobre su destino, pero confió en la promesa de su mejor amigo y avanzó haciendo frente a nuevas metas. Así también lo hizo Abraham, Jacob, Josué, David, los apóstoles, y la vitrina de los generales de Dios llena de semejantes hombres y mujeres que dejaron atrás comodidades para adentrarse a nuevas experiencias guiados siempre por el Espíritu Santo.

Hoy, pleno siglo XXI, los desafíos siguen siendo los mismos, y en ocasiones hasta más complejos, en medio de un mundo materialista, agnóstico, plagado de ateísmo, con avances científicos increíbles, el llamado de Dios a lo nuevo, a lo desconocido, a profundidades más inaccesibles toca a nuestra puerta y nos encuentra en ocasiones muy cómodos sentados en el sofá de la sala frente a la TV con un mando a distancia en las manos cambiando de canales a nuestro antojo; es entonces cuando debemos decidir qué hacer, es cuando las fobias invaden nuestras mentes, y nos recluyen impidiéndonos mover hacia algo mucho más excelente: el cumplimiento del propósito de Dios en nuestras vidas. Hoy hay una clara diferencia con las historias de este artículo, si bien los personajes de estas historias tenían que clamar a Dios por la promesa de su guianza y cuidado en sus vidas, hoy tenemos a Enmanuel “Dios con nosotros” una promesa con la que ya contamos sin pedirlo, la misma promesa que guió a los discípulos de Cristo, la misma promesa dicha de la boca de Jesús: “Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no le ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará con ustedes.”

De cierto de cierto os digo, con el Espíritu Santo, no hay fobia que valga.


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