Desenterrar la esperanza

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Estuve ahí, 15 días después de la tormenta y mi alma imaginó lo que vieron mis ojos, y vieron mucho pero aún así solo imaginó, porque ya las aguas regresaron a su cauce, ya el sol había secado la tierra y bajo mis pies la esperanza aún dormía sepultada.

Éramos el tercer y último grupo, querían estar seguros de que cuando trajeran las maquinarias para limpiar la maleza y desechos no arrastraran cuerpos a su paso, nos llevaron a una de las áreas donde posiblemente podíamos encontrar “algo”, ¡no fotos ni videos por favor! era un momento solemne de inicio a fin y los únicos testigos debían ser nuestros recuerdos. Estábamos a la orilla del río en un área cubierta por árboles caídos, nos indicaron donde escarbar y cómo hacerlo, nuestras manos eran la mejor herramienta, a veces me encorvaba otras tantas lo hacía de rodillas pero siempre sin perder la vista de lo que por cada puñado lograba sacar, sin ánimo de ser explícito: “buscaba cualquier cosa” y si tenía dudas había que preguntar qué era aquello que mis manos sostenían, no podía descartarse nada.

Cuando lográbamos hacer un pequeño espacio era el turno de los perros rescatistas, (le llamábamos “el tiempo de reposo” a modo de broma) debíamos permanecer estáticos mientras ellos hacían su rastreo y donde ladraban pues ahí los rescatistas amarraban unas cintas rosadas y verdes a cualquier rama en el punto indicado para distinguir el lugar y reanudar la faena, en eso consistía todo el trabajo, una rutina que se repetía cada hora aproximadamente.
En unos de esos reposos, mientras movía mi cuello de una lado a otro y de abajo hacia arriba, tratando de aliviar la molestia de tanto tiempo en la misma postura, me percaté que en la cima de los árboles habían sillas, ropas e implementos de lo que en su momento el río arrastró; y traté de imaginar pero no quise hacerlo, y nuevamente otro ladrido puso mis manos en la tierra.

Aunque usé guantes, en el dedo de mi anillo me enterré una astilla (apenas lo sentí) tomé en mis manos esa cinta verde y entendí que desde el principio estábamos desenterrando vida, despertando con cada fibra de nuestro cuerpo a una esperanza sepultada, nos pidieron 1 hora más y ¡caramba que lo hicimos! era la milla extra, de esa que habló Jesús.

No hay un cierre para esta historia, pero de regreso a casa conducía un corazón dividido, parte de él estaba en ese río y otra deseoso por ver a mi pequeña Talitha, abrazarla y decirle a Dios: ¡por favor no me la sueltes!


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