Tres semanas atrás estaba orando cuando cruzó por mi mente la frase: “Fuerza centrípeta y centrífuga”. Abrí los ojos y fruncí el ceño, casi tanto como lo estás haciendo ahora y traté de seguir orando, sin embargo, para alguien como yo, que recuerda vagamente las leyes de Newton y las fórmulas, recibir una “revelación física” no es normal y menos aún, cuando estás en una simple oración de “rutina”.
Si usted es de los que dice ser ateos, sabrá que en la oración pasan cosas increíbles; una persona conversa fluidamente con Dios, su “Padre” invisible, mientras a la misma vez, llora, grita, susurra y queda en silencio, y en un Amén, afirma sus esperanzas. Raro, ¿verdad? Pero ya sea más corta o más larga, la oración siempre trae paz y alegría, y en ocasiones, Dios nos enseña, incluso, a través de la Física.
Para averiguar ¿qué querría decir Dios con “la fuerza centrífuga y la fuerza centrípeta”? busqué en Google alguna página de Física. La fuerza centrífuga, según pude leer, describe el comportamiento de los cuerpos que tienden a alejarse del centro. No constituye una fuerza real, más bien, es el resultado de la inercia, que según el Diccionario Larousse, consiste en la “falta de actividad, energía e iniciativa” y en la resistencia que ejerce un cuerpo al cambio.
La centrípeta, es una fuerza real que contrarresta a la centrífuga, con lo que evita que “el cuerpo salga volando” y nos ayuda a volver al centro, ya sea a través de un roce o de un golpe. Es decir, es una fuerza externa que nos impulsa a retomar la trayectoria en torno al eje.
En la vida diaria estamos rodeados por manifestaciones de ambas fuerzas. Por ejemplo, cuando un vehículo toma rápidamente una curva, la fuerza centrífuga es esa fuerza que nos empuja fuera del camino, y la fuerza centrípeta, en cambio es la atracción que ejerce el Sol sobre la tierra, haciendo que gire alrededor del él. Ambas son totalmente diferentes.

Al leer esto, comprendí claramente que mi vida se movía entre estas dos fuerzas. Una que me impulsaba a volver al centro y otra, que producto de mi propia pasividad, me alejaba de él. Los deseos de la carne, de los ojos y la vanagloria de la vida (1Juan 2:16), la indiferencia, el ocio y el entretenimiento, hacían que me alejara cada vez más de JESÚS, aquel que mantiene el equilibrio en mi vida. La inmovilidad estaba haciendo que fuera más y más difícil orar por lo que era necesario un cambio en mi vida espiritual.
Fue entonces que le pregunté a Dios: ¿cuál es la fuerza centrípeta que hace que vuelva a ti? Él respondió con Santiago 4:5 ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: ¿El Espíritu que Él ha hecho morar en nosotros nos anhela celosamente?
Ante la avalancha de estímulos y sensaciones que ofrece el mundo, el Espíritu Santo responde atrayéndome a Él. Unas veces con un toque suave, otras, con uno más fuerte, pero siempre ahí anhelando y deseando mi atención celosamente y él es suficiente para mantenerme en la trayectoria correcta.
¿Has identificado qué es lo que te aleja de Dios? ¿Crees que merece la pena? Espero que después de leer esto te animes a romper la inercia y a estar más cerca de Él. Porque con Dios aún las oraciones de “rutina” pueden ser sorprendentes.


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