Tenía alrededor de 10 años cuando un buen día, autorizado por mamá, saldría hacia la iglesia con la compañía de un amiguito del barrio. Todo estaba perfecto, un peinadito hacia el lado con la raya de por medio, pantaloncito, boticas, camisa y un dedo índice que hablaba por sí solo “de ahí directico para la casa”.
Pero los problemas comenzaron cuando a mitad de camino nos desviamos atraídos por una fuente de agua que usamos a modo de piscina, ya que al final, con un poco de sol mamá no notaría la diferencia. El plan hubiera fallado de no ser por un vidrio que me cortó la pierna y hacía mi travesura imposible de ocultar.
Camino a casa me daba más temor el regaño que la sutura que necesitaba mi pierna y la historia, como es de esperarse, terminó en el hospital.
Una mirada amenazante de mi madre me decía a modo de ventrílocuo, sin abrir casi los labios: ¡No me llores!, en esas tres palabras se dictó mi sentencia de muerte, el doctor sacó hilo y aguja y lo primero que dijo fue: esto no lleva anestesia así que te va a doler, no te preocupes en llorar, pero había una mirada que pesaba mucho más sobre mí y una frase repetida latía en mi mente ¡No me llores!
Evidentemente ¡No lloré! Si lo hacía, de seguro vendría otro dolor peor. El doctor al final quedó asombrado de que ni una lágrima salió de mis ojos… ¡Si supiera la realidad!
Y es que llorar o reaccionar ante algún dolor es un acto normal de nuestro cuerpo, fuimos diseñados de esa forma por el Creador, ante un dolor se exterioriza con una reacción ya sea con lágrimas, exclamación o al menos un gesto.
De igual forma, es normal sentir la necesidad de hablar ante algo que nos duele internamente, comúnmente le llamamos a eso un desahogo y si recurrimos a alguien confiable en quien sabemos que tendremos buenos consejos, es sin duda alguna el mejor de los remedios.
Hay quienes, al igual que mi historia, han sido presionados a no exteriorizar el dolor y por años han guardado experiencias realmente dolorosas. En sus mentes, cientos de voces les dicen: ¡no hables! ¡se burlarán de ti! ¡eres quien único ha atravesado por eso! ¡serás expuesto y todos conocerán el desastre que ocultas! Así que deciden acumular dolor sobre dolor, silencio sobre silencio hasta que la grieta se va haciendo cada vez más grande, hasta hacer irresistible el edificio al punto que se derrumba y junto con ello una familia, una amistad, un negocio, un ministerio.
Entre tantas voces interiores necesitas buscar ayuda, necesitas un consejo de boca de alguien con quien puedas abrirte sin temor al rechazo y que tenga la madurez necesaria. La Biblia dice que fieles son las heridas de quien ama (Proverbios 27:6) y que con el consejo se ordenan los pensamientos
(Proverbios 20:18).
“Callar” es la primera de siete grietas en las que estaremos meditando esta semana. Una grieta puede causar el colapso total o parcial de un muro, cuan más evidente es la grieta más riesgo eminente de derrumbe puede entrañar.
Tomando como referencia el libro de Isaías capítulo 30:13 trataremos juntos de identificar determinados peligros en nuestra vida que de ignorarlos pueden dar lugar al colapso de aquello que más apreciamos.
Medita en esto:
Sobre esta primera grieta detente un segundo a meditar lo siguiente:
“Qué cosas me están afectando y no he sido capaz de buscar un consejo”


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